Por admin/Sapiens
20 Julio, 2009
“¡Un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigante para la humanidad!” fue la frase de Neil Armstrong que desde la Luna retumbó en millones de personas en la Tierra quienes observaban en vivo la borrosa transmisión televisiva de la llegada a nuestro satélite natural, hace 40 años.
Eran las 21:56 horas en la Ciudad de México cuando se emitió la expresión más conocida en la historia de la ciencia y la tecnología, quizá sólo después del “sin embargo se mueve”, oración atribuida a Galileo Galilei.
Fue el 20 de julio de 1969 cuando –luego de un viaje de tres días que le tomó al Apollo 11 recorrer los 404 mil 384 kilómetros de distancia y un día más orbitando en la Luna–, Armstrong y Edwin F. Aldrin alunizarían a bordo del Módulo Lunar Águila en una zona ecuatorial llamada Mar de la Tranquilidad.
“¡Houston, aquí Base de la Tranquilidad, el Águila ha aterrizado!” Era la conquista por fin lograda que haría estallar la ovación de los miles de trabajadores y más de 3 mil 500 periodistas de todo el mundo reunidos en la estación espacial.
El Módulo Lunar se mantuvo 21.6 horas en la superficie lunar, Armstrong y Aldrin realizaron una caminata de 2 horas 31 minutos, tiempo en el cual desplegaron la bandera estadounidense, instalaron varios instrumentos científicos y recolectaron 20 kilogramos de rocas y muestras de suelo lunar.
En tanto, Michael Collins, desde el Módulo de Comando Columbia, se mantuvo orbitando la Luna a la cual le dio 30 vueltas, y dirigió buena parte de las comunicaciones entre los astronautas en la superficie lunar y la Tierra. En total, la aventura del Apollo 11 sería de 8 días, 3 horas con 18 minutos, del 16 al 24 de julio de 1969.
Los riesgos eran mayores y las posibilidades de éxito de la misión a penas alcanzaban el 50 por ciento. “Sabíamos que iba a ser un gran momento, pero no sabíamos los que podría pasar con el Módulo Lunar, pues nunca había volado ni siquiera estando en la Tierra. Había muchas cosas que apenas conocíamos y muchas que podrían haber salido mal”, mencionó Armstrong en un documento conmemorativo de la Agencia Estadounidense del Espacio y la Aeronáutica (NASA), a los 30 años de su hazaña.
El célebre escritor Norman Mailer, al presentar su libro conmemorativo Fuego en la Luna, expresaría en una conferencia de prensa: “Asia descubrió Europa y Europa descubrió América, ¡ya era hora de que América descubriera también su continente, y helo aquí, hemos descubierto la Luna!”.
“Aquí hombres del planeta Tierra fijaron por primera vez su pie sobre la Luna. Julio 1969 DC. Venimos en paz para toda la Humanidad”, dice una placa que se quedó con la base de aterrizaje del Águila en el Mar de la Tranquilidad.
Pero la Tierra no estaba tranquila, vivía en medio de la Guerra Fría donde las carreras espacial y armamentista eran arenas de una conflagración no sólo entre dos potencias, sino entre dos bloques ideológicos y económicos que dividían al mundo y que marcaron el destino de la tecnología espacial del siglo XX.
Así se cumplirían los sueños predichos en infinidad de obras de ciencia ficción, como las de Julio Verne, pero sobre todo, se conseguiría el reto trazado por John F. Kennedy en 1961, en momentos en que la Unión Soviética estaba a la delantera de la carrera espacial, luego de enviar el primer satélite artificial –el Sputnik I–, a un ser vivo al espacio –la perra Laika, en el Sputnik II–, y a un humano, el cosmonauta Yuri Gagarin.
El 25 de mayo de 1961, Kennedy expresaría en un mensaje a su país: “Esta nación debe alcanzar la meta, antes de que termine esta década, de hacer llegar a un hombre a la Luna y regresarlo sano y salvo a la Tierra (…) Ningún otro proyecto en este periodo impresionará más a la humanidad ni será más importante para la exploración del espacio de largo alcance, y ninguno será tan difícil y costoso”.
Ocho años y 20 mil millones de dólares después, bajo el programa Apollo de la NASA, se conseguiría el cometido y el ser humano dejaría su huella en la superficie de la Luna, marcando el inicio de una nueva etapa en la emocionante aventura espacial y una nueva era tecnológica y científica.
El hito histórico, que muchos han comparado con el descubrimiento de América, contribuyó ha derrumbar muchos mitos sobre la composición y formación de la Luna, la Tierra y del Sistema Solar. Quizá el nombre de Neil Armstrong debería lucir junto al de descubridores como Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes y Galileo Galilei.
Pocas cosas han maravillado tanto a la humanidad como la Luna, fuente de inspiración para la creación de miles de historias, mitos, cultos, canciones y poemas. Los antiguos egipcios la llamaban Isis; los fenicios, Astarté; los griegos la adoraron bajo el nombre de Febe; los aztecas la conocían como Coyolxauhqui y los mayas, Ixchel.
Diversas mitologías la creyeron inmóvil y colgada a una bóveda de cristal, la acumulación de vapores exhalados por la Tierra, o un globo hecho de queso y habitado por un conejo. La ignorancia la culpó de cataclismos, revoluciones, terremotos, diluvios, pestes, etc.
Gracias a la labor de muchos sabios, a la carrera espacial, pero sobre todo al programa Apollo, se develaría poco a poco su verdadera naturaleza, su comportamiento, las leyes que la rigen, y el papel que desempeñan los cuerpos del Sistema Solar.
“Antes del proyecto Apollo, se pensaba que era simplemente una acumulación gigante de ruinas dejadas en los inicios de la formación del Sistema Solar; esencialmente, un meteorito enorme”, señala a SAPIENS Lynnette Madison, del Centro Espacial Johnson de la NASA. “Las exploraciones probaron que éste no es el caso y ahora sabemos más sobre su origen y los comienzos de nuestro Sistema Solar, y nos dio una mejor comprensión de la Tierra y de nuestro futuro”.
Este programa reunió el esfuerzo de casi medio millón de personas entre científicos, ingenieros, mecánicos y técnicos, de diversos campos del conocimiento que fueron necesarios para el desarrollo de conocimientos y tecnologías, en campos tan variados como la medicina, biología, ingeniería, aeronáutica, nuevos materiales, computación e informática.
Hace apenas tres meses, el presidente estadounidense, Barack Obama, reconoció que el programa “por sí mismo produjo tecnologías que han mejorado sistemas de purificación de diálisis y de orina, para ser reciclada; sensores para la medición de gases peligrosos; materiales de construcción que permiten ahorros de energía; y telas resistentes al fuego usadas por los bomberos y los soldados… Las ventajas, han sido incalculables”.
La clave del proyecto Apollo fueron los cohetes espaciales Saturno desarrollados por Wernher von Braun, científico nazi que se hizo capturar por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y artífice de los proyectiles V2.
Los Saturno V han sido los cohetes más grandes y potentes desarrollados hasta ahora, con una altura de 112 metros, un peso con combustible de más de 3 mil toneladas, y un empuje de 4 millones de kilogramos en el despegue.
El programa Apollo envió al espacio vuelos no tripulados y tripulados; tres de ellos –los 7, 9 y el Apollo-Soyuz– fueron en la órbita terrestre; las misiones 8 y 10, en la órbita de la Luna; y otras seis naves –las 11, 12, 14, 15, 16 y 17– llevaron a dos astronautas cada uno a la superficie lunar. El 13 tuvo averías y fracasó, aunque sus tres tripulantes regresaron con vida a la Tierra.
De esta manera 12 son los seres humanos que han puesto sus pies en nuestro satélite natural y han podido dormir en él antes de regresar a nuestro planeta: Neil Armstrong, Edwin Aldrin, Charles Conrad, Alan Bean, Alan Shepard, Edgar Mitchell, David Scott, James Irwin, John Young, Charles Duke, Gene Cernan, y Harrison Schmitt.
Pocos acontecimientos tecnológicos han despertado tanta expectativa en la humanidad. A diez años de haber sido creada, la NASA daría un paso fundamental para el desarrollo tecnológico no sólo espacial, sino también militar y para otras tecnologías de aplicación civil, que le dieron la supremacía tecnológica.
De igual manera, a la cosecha de triunfos en la nueva era espacial, la NASA fue clave para que surgiera la mayor maquinaria de popularización de la ciencia del planeta.
“Las contribuciones a la comprensión de la sociedad por el Universo han sido importantes sobre todo por que emprendió un gran esfuerzo por estimular la enseñanza de la ciencia y su comunicación”, señala Marcelino Cereijido, investigador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados y estudioso de la alfabetización científica.
El investigador mexicano de origen argentino destacó que éste es un claro ejemplo de los países científicamente alfabetizados, pues mientras Estados Unidos enfrentó el reto espacial que implicaba la ex Unión Soviética, en México ni siquiera los gobernantes saben qué es la ciencia y para qué sirve y lo importante que puede resultar para el desarrollo de las naciones.
No basta con estar al tanto del lanzamiento de naves espaciales y maravillarnos con los descubrimientos de la NASA, pues eso es consumir los desarrollos y conocimientos científicos de los países avanzados; lo que necesitamos es contar con una sociedad consciente de lo que se puede hacer con la ciencia y generar nuestros propios descubrimientos y tecnologías, dice Cereijido.
A cuatro décadas del logro del Apollo 11, valdría la pena que los mexicanos nos planteemos retos para que los niños y niñas de hoy puedan participar en alguna conquista espacial propia en el futuro.
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